La Oportunidad Lleva Mi Nombre

22.09.2026

Dionisia Sara Cruz Figueroa es mentora en emociones y creadora de Maestría Emocional y Abundancia. A través de su historia, su sensibilidad y su experiencia en el crecimiento personal, acompaña a quienes desean conocerse, sanar sus vínculos emocionales y construir una vida más plena y auténtica. En sus palabras comparte un mensaje de esperanza: La oportunidad de transformar tu vida comienza cuando decides volver a ti.  

Reseña del libro.

LA OPORTUNIDAD LLEVA MI NOMBRE cuenta la historia de Valeria, una mujer migrante, madre y trabajadora que ha pasado buena parte de su vida sosteniendo a otros. El problema aparece cuando descubre que esa misma capacidad para cuidar, resolver y sacrificarse también la ha mantenido lejos de sus propios proyectos. Cada vez que intenta ahorrar, avanzar, construir una casa o elegir algo para sí, surge una necesidad familiar, una culpa antigua o la sensación de que debe postergarse otra vez. Ese es el conflicto que atraviesa su historia: aprender a ayudar sin abandonarse, amar sin hacerse responsable de todos y construir una vida propia sin sentir que está traicionando a su familia. Entre migración, maternidad, pérdidas y recuerdos de infancia, Valeria empieza a reconocer que su verdadera oportunidad no depende solamente del dinero, una casa o los documentos, sino de dejar de ponerse siempre al final. 

Cuidar, amar y aportar sin seguir siendo la última persona de su propia lista.

Lee un fragmento del libro.

Presentamos para ti las primeras frases del libro, que te aproximen a esta grandiosa historia novelada de nuestra estimada Sara.

CAPÍTULO 1: NO LOGRÓ FORMAR UNA FAMILIA  

LAS VEGAS, NEVADA: PRESENTE.

Valeria dijo aquella frase como quien deja una bolsa pesada en medio de la sala y luego mira hacia otro lado, esperando que nadie pregunte qué lleva adentro. —No logré formar una familia. Lo dijo sin lágrimas preparadas ni solemnidad. Valeria tenía una forma particular de contar las cosas fuertes: podía hablar de un fracaso afectivo con el mismo tono con que avisaba que se había acabado el café, que algo se había descompuesto o que el carro estaba dando problemas otra vez. No significaba que le importara poco; al contrario. Había cosas que, por pesar demasiado, necesitaba decir como si pesaran menos. 

Pero aquella frase era enorme: No logré formar una familia. Dentro cabían un embarazo atravesado por una ausencia, un hombre que se fue y volvió, el intento de construir algo porque había una niña de por medio, una hija creciendo demasiado rápido, una casa que todavía no llegaba y una mujer que había trabajado tanto para sostener su vida que rara vez se detenía a preguntarse quién la sostenía a ella. Al comenzar la conversación, Valeria estaba en la sala. Sofía andaba cerca, ocupada en sus cosas; tenía diecinueve años y ya no necesitaba a su madre para cada movimiento, pero seguía siendo su hija y había conversaciones que una madre no quería tener con la puerta abierta. 

 —Me voy mejor al cuarto —dijo Valeria. Entró y cerró. 

El cuarto era un cuarto real: ropa, pendientes, papeles esperando esa organización futura que en muchas casas recibe el respetable nombre de "un día de estos", objetos acomodados donde había espacio y la sensación de que allí se dormía, se trabajaba, se pensaba y, cuando tocaba, también se escondía una del mundo. 

Valeria se sentó. "Bueno, a ver qué sale de aquí", pensó. Le preguntaron qué sentía que no había logrado en su vida. La casa podía haber sido la primera respuesta; también el dinero, los documentos, el inglés, la estabilidad, el negocio o la tranquilidad que llevaba años imaginando para ella y para Sofía. Sin embargo, lo primero que salió fue aquello. —No logré formar una familia. 

Después explicó que era mamá soltera. Decirlo no le producía exactamente vergüenza. Valeria sabía todo lo que había sido capaz de hacer sola y tenía razones para sentirse orgullosa; aun así, existía en ella una parte más antigua que miraba la palabra soltera como si todavía hubiera una silla vacía que debía explicar. El padre de Sofía se había ido cuando Valeria tenía dos meses de embarazo. 


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