Lo llamé amor

13.06.2026

Lisset Esquives Silva es una escritora peruana apasionada, Escritora de corazón y observadora de vidas. En sus historias transforma emociones en palabras y experiencias en enseñanzas. Cree en el poder de sanar a través de la escritura y en la fuerza que nace cuando una mujer decide volver a elegirse.

"A veces una ruptura no viene a destruirte, sino a devolverte a ti misma."

En su obra: "Lo Llamé Amor", comparte una novela íntima y profundamente humana sobre el autoengaño, la dependencia emocional y el difícil proceso de volver a encontrarse.

Cree en la escritura como un refugio, una forma de sanar y una manera de transformar el dolor en conciencia. Porque a veces, una historia puede decir exactamente aquello que alguien necesitaba escuchar para volver a sí misma. 

Reseña del libro.

Leyla repetía la frase como quien reza algo que necesita creer: estamos bien. La decía cuando cedía demasiado, cuando callaba lo que dolía, cuando confundía costumbre con amor, cuando justificaba lo injustificable.

Junto a Elian construyó una relación hecha de promesas, rutinas y pequeños gestos que desde afuera parecían felicidad. Pero por dentro, Leyla empezaba a desaparecer en nombre del amor.

Hasta que una ruptura la obligó a despertar. Lo que parecía pérdida terminó siendo libertad. Lo que parecía fracaso se convirtió en regreso. Y lo que más dolió no fue dejarlo, sino dejar de justificar aquello que la rompía en silencio.

Ahora Leyla tiene algo que nunca encontró en esa relación: las llaves de su tranquilidad… y la certeza de elegirse todos los días.

Una novela íntima y poderosa sobre el autoengaño, la dependencia emocional y el renacimiento de una mujer que por fin volvió a sí misma.

Lo difícil no fue amarlo, fue justificarlo.

Lee un fragmento del libro.

Presentamos para ti las primeras frases del libro, que te aproximen a esta grandiosa historia novelada de nuestra estimada Lisset Esquives.

CAPÍTULO 1: Mi palabra es honorable.

La ciudad empieza a mirar

La montaña despertaba antes que la ciudad, aunque Lima fingiera lo contrario con sus bocinas tempranas, sus avenidas moviéndose desde muy pronto y esos autobuses que cruzaban las calles igual que venas llenas de gente apurada, señoras con bolsas, estudiantes con sueño, hombres que miraban por la ventana llevando en la cara asuntos que nadie les preguntaba. El Cerro San Cristóbal permanecía arriba, quieto, con esa paciencia antigua de las cosas que han visto demasiadas despedidas y demasiadas promesas para sorprenderse por una más.

Desde abajo, la ciudad respiraba polvo, pan caliente, gasolina, café servido a medias y conversaciones empezadas con prisa. Leyla caminaba hacia la universidad con los cuadernos abrazados al pecho, el cabello acomodado de una manera que ella consideraba correcta y una concentración tan seria que hasta su propia juventud parecía pedirle permiso para salir. Ese día llevaba la cabeza en sus cursos, en los números, en la economía, en la rutina; caminaba pensando en llegar a tiempo, en encontrar un buen asiento, en revisar una separata que había leído la noche anterior con una disciplina casi tierna.

Entonces apareció Elian. Mejor dicho, apareció primero su torpeza. Una grada mal calculada, el pie que busca suelo donde todavía hay aire, el cuerpo inclinándose hacia adelante con una dignidad bastante comprometida y esa expresión fugaz de hombre que intenta recuperar el control antes de que el universo lo humille en público.  


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