La Manzana Quedó en Mis Manos.

10.09.2026

Águeda Esperanza Buitrón Francia es profesional del área de enfermería y cuenta con catorce años de experiencia en el Tópico del Centro de Esparcimiento del Jockey Club del Perú. Desde este espacio brinda atención oportuna y cercana a socios, trabajadores e invitados, desempeñando su labor con responsabilidad, vocación de servicio y una profunda sensibilidad humana. 

Además de su trayectoria profesional, Águeda es madre y abuela, dos facetas esenciales de su vida que han fortalecido su capacidad para cuidar, acompañar y comprender las necesidades de los demás. Su interés por el crecimiento personal y el bienestar emocional la ha llevado a ampliar sus conocimientos mediante diversos cursos en el área de la psicología, impartidos por el doctor Gilberto Perdomo. 

Su historia refleja el compromiso de una mujer que continúa aprendiendo y evolucionando, integrando su experiencia en enfermería con nuevas herramientas de comprensión emocional. Para Águeda, cuidar a una persona significa atender su salud, pero también ofrecerle escucha, respeto, empatía y una presencia verdaderamente humana.

Reseña del libro.

Esperanza aprendió desde niña que el cariño podía ser frágil. Su padre estaba lejos, aunque le decía que era "la niña de sus ojos"; su abuela la protegía tanto que Cielo, su propia madre, quedó relegada a un lugar parecido al de una hermana; y una tía le dejó una frase capaz de alterar la forma en que una niña entiende su existencia: que quizá no debía haber nacido.

En la escuela, Esperanza descubre que hay personas a quienes se les concede atención con naturalidad y otras que deben esperar. A los ocho años, una profesora permite que una niña blanca vaya al baño mientras le ordena a Esperanza aguantar hasta el recreo. La pequeña no sabe nombrar aquella experiencia como racismo o discriminación. Solo sabe que algo en ella vale menos. Por eso pide a Cielo una manzana más grande que la suya para regalarle a la profesora. Cree que quizá, si ofrece algo mejor, recibirá una sonrisa distinta. Pero vuelve a su carpeta pensando: "Qué pena que no me quiere".

Cuando la abuela muere, Esperanza empieza a acercarse a Cielo y descubre a la madre que antes había permanecido desplazada. Trabaja, toma sola su primer micro, conoce el miedo de salir al mundo y se promete que, si tiene hijos, no repetirá ciertas ausencias. Cuando nace Carol, Esperanza vuelca sobre ella el amor que soñó recibir: amor realista, conversación, límites y protección. No quiere criar a una hija encerrada en fantasías, pero tampoco desea que la vida la rompa.

La historia de Carol se convierte entonces en el gran espejo de la novela. Ella sale de una relación violenta, vuelve a Breña, enfrenta a una suegra que normaliza los golpes y pronuncia una frase que rompe generaciones de resignación: "Ya pasó la época de las cavernas". Más adelante acepta un matrimonio no por ilusión romántica, sino por estrategia; organiza el futuro de sus hijos, toma decisiones difíciles y permite que Lea y Liam viajen juntos a Bélgica. La escena del aeropuerto es una de las más dolorosas: una madre deja partir a sus hijos no porque no los quiera, sino porque los ama demasiado como para encerrarlos en el miedo.

Mientras Carol aprende a no negociar con quien la destruyó, Esperanza sigue enfrentando su propia herida en el trabajo. Cobra deudas que no le pagan, compra medicamentos con su dinero, acepta turnos injustos y espera que las autoridades reconozcan su necesidad sin tener que exigirla. Aun cuando una compañera joven no la insulta, Esperanza se siente desplazada. Descubre que no siempre está luchando contra el presente: muchas veces lucha contra la niña que todavía cree que debe esperar, agradar y ofrecer algo más grande para ser tomada en cuenta.

El centro emocional de la novela llega cuando Carol, ya adulta, cuida a Esperanza: revisa sus pastillas, se preocupa por su columna, le recuerda ejercicios y le habla con una firmeza que a veces incomoda a su madre. Esperanza cree que la hija puede estar tratándola mal, pero Carol le responde: "No es que te trate mal, sino que no quiero que abusen de ti". En esa frase se completa el viaje. Esperanza no solo crió a una hija: crió una voz que ahora le devuelve aquello que ella necesitó desde niña.

La novela termina con Esperanza regresando simbólicamente al mercado donde pidió una manzana más grande para convencer a una profesora de quererla. Esta vez compra una manzana para sí misma. No como premio, no como consuelo y no como una forma de comprar amor. La compra porque empieza a comprender que ella también merece algo bueno sin tener que justificarlo.

Una mujer que aprendió a quererse.

Lee un fragmento del libro.

Presentamos para ti las primeras frases del libro, que te aproximen a esta grandiosa historia novelada de nuestros estimada Águeda.

CAPÍTULO 1: La niña de los ojos lejanos.

En la casa de Breña, la voz de la abuela parecía llegar primero.

Salía de la cocina cuando el agua comenzaba a hervir, se colaba por el patio donde colgaban las sábanas y aparecía en la sala justo cuando alguien iba a tomar una decisión. Tenía una manera particular de decir "Aguedita": podía sonar dulce, preocupada o severa, según la hora y según el peligro que ella hubiera imaginado. A veces el peligro era el frío. Otras, una tos pequeña. También podía ser una naranja mal lavada, un escalón húmedo, una visita inesperada o el simple hecho de que la niña quisiera ir a la esquina.

Águeda tenía siete años y todavía confiaba plenamente en que los adultos sabían cosas que ella ignoraba.

La abuela sabía cuándo una fruta estaba lista para comerse, cuándo una prenda debía quedarse en remojo y cuándo una nube escondía lluvia aunque el sol siguiera alumbrando. Sabía preparar emoliente para el resfrío, poner alcohol en una picadura y detectar el cansancio en la cara de alguien antes de que esa persona se sentara.

También sabía mandar.

La casa tenía sus propias costumbres. La radio descansaba sobre una mesita cubierta con un pañito bordado. El mantel plástico protegía la mesa de las manchas. Las tazas vivían dentro de una vitrina y solo salían cuando llegaba visita o cuando la abuela se sentía de buen humor. En la pared de la sala había una fotografía de Ester, tomada años antes, cuando todavía llevaba el cabello recogido y una sonrisa más ligera.

Águeda sabía que Ester era su mamá.

En la casa, sin embargo, todos decían Ester.

El nombre se instaló temprano en su boca. Decirle "Ester" le parecía normal, tan normal como llamar "mamita" a la abuela. Nadie se detenía a explicarle las cosas que una niña todavía no podía comprender. Nadie le decía que su madre podía sentirse pequeña dentro de su propia casa.

Ester trabajaba, traía comida, compraba frutas, lavaba ropa, dejaba monedas para el recreo y volvía con el olor de la calle pegado al cabello. Su presencia estaba en cada rincón; aun así, la abuela ocupaba el centro. Águeda lo percibía sin ponerle nombre. Bastaba ver cómo Ester se detenía a mitad de una frase o cómo cambiaba de idea cuando la abuela decía: "Mejor así".

Aquella mañana de domingo, Ester llegó temprano del mercado. Traía una bolsa de tela que parecía pesada para sus brazos delgados. Había pan francés envuelto en papel, tomates, verduras, plátanos, una manzana roja y dos melocotones.

Águeda estaba sentada junto a la mesa, con los codos sobre el mantel.

—Mira, mamá —dijo Ester al entrar—. Le he traído fruta para la semana.

La abuela apareció desde la cocina con el delantal puesto y las manos húmedas.

—¿Y naranja? A esta niña le hace bien la naranja.

—También hay —respondió Ester.

La respuesta salió tranquila, aunque Águeda vio algo en el rostro de su madre. Un cansancio que todavía no tenía hora. Una sombra pequeña debajo de los ojos. La niña quiso preguntarle si le dolían las muñecas porque una de ellas estaba un poco roja, pero la abuela ya había tomado las frutas y empezaba a acomodarlas.

—La manzana queda para después del almuerzo. El melocotón todavía está verde. Hay que guardarlo.

Águeda siguió el movimiento de sus manos.

Si la abuela decía que el melocotón estaba verde, entonces el melocotón estaba verde. El mundo funcionaba así. Las cosas tenían su momento, y la abuela lo conocía mejor que nadie.

—Más tarde podemos ir a la plaza —dijo Ester, mirando a su hija—. Te compro un helado.

Águeda levantó la cara.

—¿De vainilla?

—De vainilla.

La abuela soltó una risa breve mientras acomodaba las naranjas en un plato.

—Hoy la plaza va a estar llena. Yo la saco después, aunque sea a la esquina. Que tome airecito.

Ester se quedó quieta, con la bolsa vacía entre las manos.

—Yo quería llevarla.

—Otro día, hijita. Hoy estoy aquí.

Águeda miró a una y luego a la otra. Percibió una incomodidad parecida a la que dejaba una cuchara al caer al piso durante el almuerzo: un ruido pequeño que obligaba a todos a detenerse por un segundo.

—Yo quiero ir con Ester —dijo.

La abuela la miró.

No hubo grito. Tampoco molestia visible. Solo una quietud en los ojos que hizo que Águeda sintiera un pequeño frío en el estómago.

—Claro, Aguedita —respondió la abuela, arreglándole el lazo del cabello—. Primero vamos a ver cómo se pone el día.

La niña asintió.

"Vamos a ver" era una frase habitual en aquella casa. También era una frase que dejaba las cosas suspendidas, esperando que otra persona decidiera.

Águeda bajó de la silla y se acercó a la ventana. Desde allí podía mirar la puerta principal, el corredor estrecho y un pedazo de calle. Le gustaba ese lugar. La ventana le permitía imaginar.

A veces se imaginaba la puerta abriéndose.

Su padre aparecía con una sonrisa grande, tal vez con una bolsa de pan o un regalo escondido detrás de la espalda. La llamaba desde el umbral, y ella corría hacia él antes de que la abuela pudiera decirle que caminara despacio.

Su padre vivía lejos.

La frase existía en la casa desde siempre. Se decía con naturalidad, casi como si vivir lejos fuera una ocupación. Algunas personas trabajaban en oficina, otras vendían en el mercado, otras manejaban micro. Su papá vivía lejos.

Águeda ignoraba dónde quedaba ese lejos.

Podía imaginar una calle distinta, una habitación con una cama, una mesa donde él desayunaba y una ventana desde la que miraba una ciudad en la que ella jamás aparecía. De su padre recordaba sus manos, grandes y tibias, el olor de su camisa y el peso de un abrazo que parecía quedarse en la piel.

Después, la imagen se cortaba.

—¿Qué miras tanto? —preguntó Ester desde la cocina.

Águeda se volvió.

—Nada.

Ester la observó un momento. Parecía conocer esa respuesta.

—Ven, ayúdame con el pan.

La niña se acercó. Ester partió un pan francés por la mitad y le dio un pedazo todavía tibio. Águeda recibió el pan con ambas manos y mordió la corteza crujiente.

—¿Mi papá va a llamar hoy? —preguntó.

Ester tardó un poco en responder.

—Puede ser.

—¿Y voy a hablar con él?

—Claro que sí.

Águeda masticó despacio.

—¿Y cuándo viene?

Ester dejó el cuchillo sobre la mesa.

Fue un gesto mínimo. La niña apenas lo registró.

—Cuando pueda, hijita.

Águeda bajó la mirada hacia el pan.

"Cuando pueda" se parecía a "vamos a ver". Las dos frases parecían tener una puerta, pero ninguna mostraba el día en que esa puerta iba a abrirse.

LA VOZ AL OTRO LADO

El teléfono sonó después del almuerzo.

La abuela estaba en su sillón con una costura sobre las piernas. Ester lavaba los platos. Águeda dibujaba una casa sobre una hoja arrancada de un cuaderno viejo. Había pintado una puerta roja, dos ventanas grandes y una familia parada afuera. La mujer tenía el cabello oscuro. La niña llevaba un vestido amarillo. El hombre era alto, tanto que casi tocaba el borde de la hoja.

Cuando el teléfono sonó, Águeda levantó la cabeza.

La abuela miró hacia la cocina. Ester salió secándose las manos con el delantal.

—Debe ser tu papá —dijo.

El lápiz quedó sobre la mesa.

Águeda sintió que el corazón le corría un poco más rápido. Todavía ignoraba que eso se llamaba esperar. Solo sentía que todo se detenía: la radio, la costura de la abuela, el ruido del agua en el lavadero.

Ester levantó el auricular.

—¿Aló?

Hubo un silencio breve. La expresión de su madre cambió apenas. Después miró a Águeda.

—Sí, está aquí.

Le tendió el teléfono.

—Es tu papá.

Águeda lo recibió con las dos manos.

—¿Aló?

Al principio escuchó una respiración lejana y un ruido de fondo. Podía ser una radio encendida. Tal vez una calle. Luego llegó la voz de su padre, más grave de lo que ella recordaba.

—¿Cómo está mi niña de los ojos?

Águeda sonrió.

La frase siempre le producía algo suave en el pecho. Parecía un regalo. Un regalo invisible que existía mientras él lo decía.

—Bien, papá.

—¿Has hecho tus tareas?

—Sí.

—¿Y estás obedeciendo?

Águeda miró de reojo a la abuela. Ella seguía cosiendo, aunque cada puntada parecía escuchar.

—Sí.

—Así me gusta. Tú eres una niña buena.

Águeda apretó el auricular contra la oreja.

Quiso contarle del dibujo, del helado que tal vez comería por la tarde, de las frutas que Ester había traído del mercado y de unos lápices que una vecina le había regalado. Quiso preguntarle qué estaba haciendo, qué había almorzado y si también tenía una ventana desde donde mirar la calle.

Pero la pregunta verdadera se acomodó en su garganta.

¿Cuándo vienes?

Su padre hablaba de otras cosas. Le decía que se portara bien, que estudiara, que cuidara a la abuela. También le contó que estaba trabajando y que pronto se verían.

Pronto.

Otra palabra que venía sin fecha.

—Papá —dijo Águeda, reuniendo valor—, ¿tú me quieres?

Al otro lado hubo un silencio.

La niña miró a Ester. Su madre estaba junto a la puerta de la cocina, con las manos todavía húmedas. La abuela continuó con la costura, aunque la aguja se había quedado quieta.

—Claro que te quiero, hija —respondió él—. Muchísimo. Eres la niña de mis ojos.

Águeda sonrió de nuevo.

La frase era hermosa. Lo sabía. Todo el mundo en la casa parecía saberlo. Pero dentro de ella apareció un deseo pequeño, terco y difícil de decir.

"Entonces ven."

La frase quedó guardada.

Su padre siguió hablando un rato más. Después anunció que debía continuar con sus asuntos.

—Cuida a tu mamá. Cuida a la abuelita. Yo te llamo.

—Ya, papá.

—Un beso.

—Un beso.

El auricular quedó en silencio.

Águeda lo sostuvo unos segundos. Esperó que la voz regresara, que su padre agregara algo importante, que dijera que iría el domingo o que la esperaría en algún lugar. El teléfono solo devolvió ese murmullo vacío que llegaba cuando la llamada terminaba.

Ester se acercó y tomó el auricular.

—¿Qué te dijo?

Águeda encogió los hombros.

—Que soy la niña de sus ojos.

La abuela sonrió desde el sillón.

—¿Ves? Tu papá te quiere mucho.

Águeda quería sentirse feliz. Había recibido una frase bonita. Su padre la quería. Ester también parecía creerlo.

Aun así, caminó hasta la ventana.

Miró la puerta de la calle.

La tarde avanzó despacio. Ester preparó café para las mayores. La abuela preguntó por unas blusas que necesitaban planchado. La radio dejó caer una canción que Águeda jamás había escuchado. Desde el patio llegó el olor de la ropa húmeda, mezclado con jabón y sol.

La niña volvió al dibujo.

Miró al hombre alto que había pintado junto a la casa.

Le faltaba una cara.

EL DOMINGO QUE SE HIZO TARDE

Cuando el sol comenzó a bajar, Ester volvió a proponer la salida.

—Vamos a caminar un ratito, Águeda. Está bonito el día.

La niña levantó la vista de su cuaderno.

—¿A la plaza?

—A la plaza.

La abuela se acomodó un chal sobre los hombros.

—Yo voy también.

Ester guardó silencio. Águeda se puso las sandalias, la abuela revisó que llevara un saquito y Ester tomó una cartera pequeña. Salieron las tres por una calle que empezaba a enfriarse. Las ventanas de las casas se encendían una por una. Algunas dejaban escapar el sonido de una novela, otras el olor de la comida.

La plaza quedaba cerca.

Águeda caminaba entre ambas, una mano dentro de la de Ester y la otra dentro de la de la abuela. Quien las mirara desde afuera habría visto a una niña rodeada de mujeres que la querían.

Ella también lo sentía.

Eso volvía más difícil entender aquella otra sensación, la que aparecía cada vez que pensaba en su padre.

La abuela le compró un helado de vainilla. Ester sacó un pañuelo y le limpió una gotita que se le había escapado cerca de la boca. Se sentaron en una banca. Había vendedores ambulantes, parejas conversando, niños jugando con una pelota y señores que parecían haber vivido siempre en esa plaza, comentando la vida ajena con paciencia de domingo.

—Mira, ahí está tu amiguita —dijo Ester.

Águeda reconoció a una niña que corría cerca de la pileta y levantó la mano.

La amiga respondió el saludo antes de volver a su juego.

—¿Puedo ir? —preguntó Águeda.

La abuela miró hacia la pileta.

—Quédate por aquí. Hay mucha gente.

La niña bajó los ojos.

Ester se inclinó un poco hacia ella.

—Anda un ratito. Yo te miro desde acá.

La abuela abrió la boca, tal vez para decir algo. Ester habló antes.

—Está cerca, mamá.

Hubo una pausa corta.

Águeda miró a Ester. Había algo distinto en su rostro. Una firmeza leve, todavía frágil, aunque suficiente para que la niña sintiera que su madre acababa de abrir un pequeño espacio solo para ella.

—Anda —repitió Ester.

Águeda corrió.

Jugó pocos minutos. Su amiga le mostró una piedra brillante que había encontrado cerca de la pileta y le propuso cambiarla por una canica. Águeda aceptó, aunque la piedra le parecía más bonita. Guardó la canica en el puño y regresó a la banca cuando el helado ya era apenas un recuerdo dulce en las manos.

—¿Te ensuciaste? —preguntó la abuela.

—¿Te divertiste? —preguntó Ester.

Águeda respondió que sí a las dos.

Al regresar a casa, pasó un hombre con una niña pequeña sobre los hombros. La niña se reía y le agarraba el cabello. Él le decía algo que las tres apenas alcanzaron a escuchar.

Águeda siguió la escena hasta que se perdió en la esquina.

Ester notó su mirada.

—¿Qué pasa, hijita?

Águeda apretó la canica dentro del puño.

—Nada.

Caminaron unos pasos.

Luego, la niña levantó la cara.

—Ester.

—Dime.

—Mi papá vive lejos porque trabaja, ¿verdad?

La madre tardó en responder. La abuela siguió caminando, aunque redujo el paso.

—Sí —dijo Ester—. Trabaja y tiene sus asuntos.

—¿Y me quiere?

Ester miró hacia la calle. Las sombras empezaban a estirarse sobre las veredas.

—Claro que te quiere.

Águeda pensó en la voz del teléfono, en la frase que había recibido como regalo, en el hombre alto de su dibujo y en la puerta de la casa.

—¿Y cuándo viene?

Ester se detuvo.

La abuela caminó dos pasos más antes de darse cuenta.

Durante un instante, las tres quedaron separadas en la vereda: la abuela delante, Águeda en medio y Ester un poco atrás. La niña sostuvo la mirada de su madre. Esperaba una explicación grande, una respuesta que ordenara las cosas como la abuela ordenaba las frutas sobre la mesa.

Ester se agachó frente a ella.

—Los adultos tienen asuntos difíciles, Aguedita.

—Yo puedo entender.

La madre le acomodó un mechón detrás de la oreja.

—Ya sé que puedes.

Águeda quiso preguntarle más. Quiso decirle que ella podía portarse mejor, trabajar con él o vivir donde fuera necesario. Ester la abrazó antes de que las palabras encontraran forma.

El abrazo duró poco.

Aun así, Águeda apoyó la cara en el hombro de su madre y reconoció su olor: jabón, mercado, cebolla, cansancio. Quiso quedarse allí hasta que la abuela las llamó desde adelante porque el frío empezaba a bajar.

Volvieron a casa.

Esa noche, Águeda se acostó temprano. Desde su cama oyó a Ester y a la abuela hablando en voz baja. Los adultos hablaban así cuando una niña estaba cerca, como si las palabras pudieran dormir detrás de una puerta.

Águeda miró el techo.

Pensó en su padre.

Pensó en la frase que él le había dicho.

La niña de mis ojos.

Quería guardarla. Quería creer que algún día esa frase dejaría de traerle una sensación extraña al pecho, parecida al hambre, parecida a las ganas de llorar, parecida a una espera detrás de la puerta.

En el cuarto contiguo, Ester apagó una luz.

Águeda cerró los ojos.

Cuando su padre volviera, iba a contarle todo. El helado de vainilla, la canica, el dibujo, la plaza y la voz de Ester diciéndole que podía entender.

Iba a contarle todo.

Solo tenía que esperar un poco. 


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