Hasta que dejé de esperar.

Eli Guerra, es autora del libro. Es una persona convencida que la vida no se mide en años, sino en las historias que dejamos grabadas en el alma. Tras recorrer diversos caminos y aprender de los tropiezos y las alegrías cotidianas.
Este libro, nace de su necesidad de mirar hacia el pasado con gratitud y hacia el futuro con esperanza.
A través de sus relatos, busca recordar al lector que nuestras experiencias, por simples que parezcan, son el reflejo de nuestra propia humanidad y abre las puertas de su mundo con honestidad, invitando a otros a sanar y reír con sus propias memorias.
Actualmente vive en Perú, donde sigue coleccionando momentos para contar."
Reseña del libro.
Lara aprendió desde niña a mirar la puerta, a escuchar el sonido del portón y a esperar que alguien llegara. Creció rodeada de amor, cuidados y voces familiares, pero también bajo la sombra de una ausencia que, sin estar presente, parecía ordenar silenciosamente su manera de amar. Con los años, esa espera tomó otros nombres: promesas, llamadas, planes, hombres que aparecían a medias y vínculos donde ella terminaba sosteniendo más de lo que recibía.
En esta novela íntima y profundamente humana, Lara atraviesa la ilusión, la decepción, la pérdida y la vergüenza de sentirse nuevamente abandonada, hasta descubrir que el verdadero giro de su vida no consiste en que alguien por fin se quede, sino en dejar de abandonarse a sí misma.
Hasta que dejé de esperar es una historia sobre la ausencia, el amor propio, la herida paterna, la dignidad de cortar a tiempo y el valor de construir una casa interior donde ya no manda la espera. Una novela para quienes alguna vez confundieron amar con aguardar, y para quienes están listos para cerrar un círculo sin dejar de creer en la vida.
El valor de quedarse consigo misma.
Lee un fragmento del libro.
Presentamos para ti las primeras frases del libro, que te aproximen a esta grandiosa historia novelada de nuestra estimada Eli Guerra.
CAPÍTULO 1: Estaba segura de que así fue de niña.
Lara tenía una habilidad peligrosa: podía tomar una frase simple y empezar a construirle casa, ventanas, sala, mantel limpio y hasta una planta en la entrada. Le bastaba un mensaje bien puesto en la pantalla del teléfono, una hora exacta, un "paso por ti" escrito con cierta seguridad, y su cuerpo entero comenzaba a acomodarse alrededor de una posibilidad. A las siete y doce, todavía seguía en su habitación, pero la noche ya caminaba completa dentro de su cabeza. El ascensor bajaba con esa lentitud ofensiva de los ascensores cuando una está lista. La puerta del edificio se abría justo antes de que él tocara bocina, porque Lara tenía una opinión firme sobre los hombres que tocaban bocina: eso se hacía para recoger sobrinos, encomiendas o primos apurados, jamás para recoger a una mujer que se había puesto perfume con intención.
Sobre la cama había dos vestidos. Uno parecía decir: mujer tranquila, segura, dueña absoluta de su agenda. El otro decía: mujer que sabe exactamente lo que está haciendo, aunque quizá el destino tenga todavía algunos documentos por firmar. Lara los miró con una seriedad casi profesional. Se probó un arete. Luego el otro. Después volvió a quitarse el primero, porque la elegancia también exige discusiones internas y ella estaba dispuesta a dárselas.
No era una fantasiosa cualquiera. Eso habría sido demasiado fácil. Lara tenía una forma más refinada de adelantarse: veía estructura donde apenas había señales. Tomaba un gesto correcto, una voz agradable, una continuidad de tres días y medio, una promesa pequeña, y levantaba alrededor de eso una atmósfera entera. No decidía cortinas por un emoji, claro. Tenía dignidad. Pero sí podía imaginar la luz de la sala donde esas cortinas, en algún momento razonable, tal vez podrían existir.

