Me Dejé para Después.

Agliberta Auccasi García es una mujer peruana cuya vida ha estado marcada por desafíos, luchas, aprendizajes y una profunda capacidad de resiliencia. Desde su infancia vivió experiencias. Ese descubrimiento la impulsó a iniciar un proceso de reflexión, sanación y crecimiento personal. Aprendió a valorar su propia vida, a escuchar su voz interior, y a reconocer que también merecía amor, cuidado y respeto.
Reseña del libro.
La novela contará la historia de una mujer que nació en un mundo donde
amar significaba obedecer, servir, callar y sobrevivir. De niña aprendió a
peinarse sola, cocinar para otros, esconderse en cuevas, cambiar nombres para
no morir, soportar miedo en la casa, en la escuela y en el pueblo. De joven
confundió persecución con amor y protección con salvación. De madre
convirtió a su hija en la esperanza que ella misma no recibió, pero en ese
intento también transmitió parte del miedo que la había criado. El arco
profundo no es solamente "superé mi pasado", sino algo más potente: una
mujer que descubre que su vida no comenzó cuando alguien la cuidó, sino
cuando ella dejó de abandonarse. La frase final del libro debe ser
emocionalmente inevitable: "Me siento segura… como que ya planté una
raíz".
La trascendencia de la vida está en la continuidad con nuestros hijos.
Lee un fragmento del libro.
Presentamos para ti las primeras frases del libro, que te aproximen a esta grandiosa historia novelada de nuestra estimada Bertha.
CAPÍTULO 1: EL NOMBRE QUE NADIE PRONUNCIABA.
LIMA, PRESENTE.
Agli llegó antes de la hora. En Lima eso significaba bastante. El tránsito podía convertir veinte minutos en una hora, una combi podía cerrar una esquina como si la calle le perteneciera y el cielo gris tenía esa costumbre de quedarse suspendido sobre la ciudad, pesado y terco, sin decidirse entre lluvia y humo. Ella había salido de casa con tiempo suficiente.
Llevaba su cartera negra debajo del brazo, una botella pequeña de agua y un sobre donde guardaba algunos papeles; en el fondo también tenía un lapicero azul, dos recibos doblados y una libreta en la que anotaba cosas prácticas: pagos, horarios, teléfonos, cuentas que vencían, encargos de su hija. A sus casi cincuenta años, Agli sabía cómo sostener una vida. Sabía calcular ganancias sin necesidad de una calculadora, reconocer por la voz de alguien cuándo una persona iba a pagar tarde, levantarse aunque hubiera dormido poco, cuidar una casa, hacer rendir el dinero, atender una tienda, cocinar para varios y escuchar problemas ajenos sin perder la paciencia. Había criado a una hija que ahora era profesional y tenía su propio trabajo. Había pasado por mercados, negocios, enfermedades, peleas, deudas, cansancio y días que parecían empezar antes del amanecer, y había resuelto tantas cosas que, a veces, la gente asumía que podía resolverlo todo.
Aquella tarde había llegado a una casa antigua de Barranco, adaptada para talleres de escritura y encuentros personales. En la planta baja funcionaba una librería pequeña donde vendían cuadernos, resaltadores, cartulinas y fotocopias. Desde la calle subía el sonido de las bocinas, el llamado de una vendedora de emoliente y el golpe seco de una puerta metálica que abría y cerraba cada pocos minutos. Agli subió al segundo piso y avanzó por un pasillo estrecho hasta la oficina del fondo. Había una ventana grande, una mesa redonda, dos sillas de madera y una repisa donde se apilaban libros de distintos tamaños; algunos tenían anotaciones pegadas en las páginas y otros parecían haber pasado años esperando una conversación. Sobre una de las paredes había una frase escrita con letras negras: «Las historias también pueden abrir una salida». Agli la leyó dos veces y después miró la silla frente a la mesa.
—Pase, señora Agli —dijo una voz amable desde dentro.
Ella entró. Samuel se levantó para saludarla. Tendría poco más de cuarenta años, vestía una camisa clara, llevaba los lentes colgados del cuello y tenía una libreta abierta frente a él. Era escritor y acompañaba a personas que querían ordenar sus recuerdos para convertirlos en una historia. Agli lo había conocido por recomendación de una conocida que insistió durante varias semanas. «Habla con él», le había dicho. «¿Y para qué voy a hablar con un escritor?». «Porque tú tienes vida para escribir tres libros». Agli se había reído. A ella le parecía exagerado. Su vida era su vida. Había trabajado, había sufrido, había salido adelante, como tantas mujeres, como tantas madres, como tanta gente que nunca aparecía en un libro porque estaba demasiado ocupada sobreviviendo para sentarse a contar algo. Samuel le señaló la silla y le agradeció que hubiera ido. Agli respondió con la misma cortesía, se sentó con cuidado, dejó la cartera a un costado y acomodó las manos sobre el regazo. Ese gesto le salía solo: las manos juntas, la espalda recta, la mirada atenta, como si incluso allí tuviera que estar preparada para responder correctamente. Samuel tomó la jarra de agua y le ofreció un vaso. Mientras servía, habló con la calma de quien no necesita impresionar a nadie.
—Antes de empezar, quiero decirte algo importante. Esto puede convertirse después en una novela: podemos cambiar nombres y cuidar detalles. Tú tienes la última palabra.
Agli lo miró con cierta sorpresa.
—¿O sea que no sale todo igual?
—No. Una historia puede tener verdad sin exponer a nadie.
La idea le produjo alivio. Samuel abrió su libreta y dijo que comenzarían por algo sencillo.
—¿Cómo quieres llamarte en esta historia?
Agli soltó una risa corta. Le salió sin querer, esa risa que aparecía cuando algo la incomodaba un poco y prefería suavizarlo antes de que el otro lo notara demasiado. Bajó la vista hacia sus manos. Tenía las uñas cortas y limpias, un anillo sencillo en la mano derecha y las marcas finas que los años habían ido dejando alrededor de los dedos. Eran manos de mujer trabajadora, manos que habían cargado bolsas, fardos, cajas, compras del mercado y también a una niña dormida sobre el pecho.
—Agli —respondió después de pensarlo unos segundos—. Quiero que sea Agli.
Samuel anotó el nombre.
—¿Te gusta?
—Sí. Ese sí.
Hubo un silencio breve. Agli sabía que detrás de aquella respuesta existía otra historia, una relacionada con su nombre completo, con las veces que había tenido que repetirlo y con la facilidad con que las personas terminaban llamándola de otra manera. Casi nadie lo pronunciaba como correspondía y, con los años, ella había aprendido a facilitar las cosas antes de que se lo pidieran. Acortar, acomodar, simplificar. Había hecho algo parecido con muchas partes de su vida. Agli, en cambio, le gustaba. Era breve, cercano y, sobre todo, había sido elegido por ella.
—Entonces será Agli —dijo Samuel, sin pedirle ninguna explicación adicional.
Samuel anotó el nombre sin pedirle más explicaciones. Eso la sorprendió y, mientras lo veía escribir, pensó que tal vez empezar por ahí tenía más sentido de lo que parecía. Durante buena parte de su vida, las preguntas dirigidas hacia ella habían tenido otro tono: ¿ya hiciste esto?, ¿a qué hora vas a volver?, ¿quién va a atender?, ¿dónde está el dinero?, ¿y la comida? La vida se había organizado durante años alrededor de lo urgente, y las preferencias de una mujer podían esperar. A veces podían esperar tanto que una terminaba olvidando que alguna vez había tenido preferencias. Samuel dejó el lapicero sobre la mesa.
—¿Has tenido antes algún espacio para hablar de ti, revisar recuerdos o tratar de entender cosas de tu historia?
—Es mi primera vez.
La respuesta salió rápida. Samuel le dijo que entonces irían despacio, que aquella tarde no necesitaba contar toda su vida, que bastaba con empezar a descubrir qué historia estaba tratando de aparecer. Agli soltó el aire lentamente. Ella sabía hacer muchas cosas: podía atender un negocio lleno, conversar con clientes difíciles, responder llamadas mientras calculaba precios y recordar datos que otros olvidaban; hablar de sí misma era otro asunto. Cuando intentaba hacerlo, los pensamientos parecían mezclarse. Samuel tomó un sorbo de agua y le preguntó qué le gustaría que alguien encontrara cuando abriera su libro. Agli volvió los ojos hacia la frase de la pared, aquella que decía que las historias también podían abrir una salida.
—Quiero escribir de mi niñez hasta la actualidad —dijo—. Porque tuve una niñez… bueno, muchas cosas que ahora estoy descubriendo desde que entré en esto del desarrollo personal. Samuel la escuchó sin apresurarla.
—¿Qué has descubierto?
Agli apretó los labios. Afuera pasó una moto y la vibración subió por el vidrio de la ventana. En la librería alguien pidió una copia a color. La ciudad continuaba funcionando como si nada importante estuviera ocurriendo en ese segundo, pero Agli sintió que estaba a punto de decir algo que le había tomado años comprender.
—Que lo que yo vivía era diferente.
—¿Diferente cómo?
Ella buscó las palabras.
—Ahora me doy cuenta de que la vida que estaba viviendo no era correcta. A mí me enseñaron otra manera de vivir. Que tienes que trabajar duro, que tienes que sudar para ganar dinero, que tienes que agacharte ante las personas de poder, que tienes que obedecer a las personas mayores… ser obediente en todo.
Samuel la observó con atención.
—¿Y dónde quedabas tú en esa forma de vivir?
Agli guardó silencio. La pregunta se acomodó entre los dos, pesada y simple. Durante unos segundos escuchó el sonido lejano de una cuchara golpeando contra un vaso y después apareció otra cosa, un recuerdo todavía borroso, más parecido a una sensación que a una imagen: una niña mirando una puerta, una niña esperando, una niña que parecía haber comprendido demasiado pronto que los adultos tenían asuntos más importantes.
—Prácticamente me enseñaron a minimizarme a mí misma —dijo.
Samuel no respondió enseguida.
—Eso pesa mucho para una niña.
Agli sintió una incomodidad que le subió hasta la garganta. Había contado partes de su vida muchas veces, a su hermana, a una amiga, a alguna vecina durante esos momentos en que una conversación termina llegando a lugares que nadie había planeado. Siempre lo había explicado de otra manera: así era la vida antes, todos trabajábamos, los padres tenían que salir, había que ayudar, había que hacer caso. Nadie se detenía demasiado en lo que una niña sentía. El pueblo entero parecía organizado para sobrevivir y sobrevivir ya era bastante. Sin embargo, escuchar «eso pesa mucho para una niña» hizo que algo se moviera. Agli bajó la mirada hacia el vaso de agua y observó una línea de luz temblando dentro.
—Mi mamá y mi papá me enseñaron así —dijo—. Ellos también vivían de esa forma. Trabajar, trabajar. Lo material era importante. Tener para comer, para la casa, para salir adelante.
—Claro. Venían de una vida difícil.
—Sí. Por eso ahora tampoco los culpo. Ellos hacían lo que podían.
La frase le salió con sinceridad. Agli no quería convertir a Sonia en una mala madre. La recordaba trabajando, ocupada, siempre pendiente de algo. Tampoco quería presentar a Santiago como un hombre incapaz de esforzarse por la familia. Ambos habían vivido en un lugar donde el trabajo decidía el día y donde la necesidad tenía casi siempre la última palabra.
Ella podía comprenderlos ahora sin negar lo que había ocurrido entonces. Porque, a pesar de esa comprensión, dentro de Agli seguía existiendo una voz antigua que aparecía cuando quería descansar, cuando necesitaba pedir ayuda o cuando sentía ganas de decir que algo le dolía. Era una voz que había aprendido a colocar todo delante de ella: primero cumplir, primero atender, primero ayudar y, cuando ya estuviera resuelto lo de los demás, quizá llegaría su turno. Ese después podía tardar años. Samuel volvió a mirarla.
—¿Qué piensas hoy de esa mujer que aprendió a vivir así?
Esta vez Agli tardó menos.
—Que yo no era eso.
Samuel guardó silencio y ella continuó.
—No puedo minimizarme a esas cosas. Las cosas materiales son importantes, claro. Uno necesita trabajar, uno necesita tener. Pero yo soy la que importa aquí.
Las últimas palabras quedaron suspendidas en la oficina. Agli parpadeó y sintió una vergüenza inmediata, una vergüenza vieja, construida durante tantos años en los que poner sus deseos sobre la mesa podía parecer una falta de respeto, una exageración o un lujo. Samuel sonrió con suavidad.
—Esa frase tiene que estar en tu libro.
Agli soltó una risa.
—¿Eso?
—Eso.
—Pero es poca cosa.
—Tiene el tamaño de una vida, Agli.
Ella se quedó callada. La frase le dio un poco de pudor. Samuel cerró la libreta por un instante y le preguntó qué sentía que había logrado superar al mirar su vida completa. Agli inhaló despacio. La pregunta parecía sencilla, pero la respuesta tardó. Más allá de la ventana, el cielo de Lima continuaba gris. Una mujer caminaba por la vereda con un paraguas cerrado bajo el brazo y un muchacho pasó corriendo con una mochila grande. Todo se movía allá afuera mientras ella permanecía sentada frente a aquella mesa redonda.
—Yo viví de pequeña sola —dijo al fin.
Samuel no interrumpió. Agli sostuvo su mirada unos segundos y luego volvió a mirar sus manos.
—Tenía a mi mamá, tenía a mi papá, pero no vivía junto con ellos. Vivía con mis hermanos. Yo era la última.
Su voz había cambiado. No se quebró; a Agli le costaba quebrarse frente a alguien. Había aprendido a mantener el cuerpo firme incluso cuando por dentro aparecía otra cosa. Samuel habló con cuidado y le dijo que podían volver a esa niña cuando ella estuviera lista. Agli asintió y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo la sensación de que una persona le estaba ofreciendo tiempo verdadero, tiempo sin una exigencia escondida detrás, sin una tarea urgente esperando al final de la conversación.
El encuentro terminó unos minutos después. Samuel le explicó que volverían a verse y que la historia se construiría poco a poco. Agli guardó su libreta, tomó la cartera y se puso de pie. Antes de salir miró nuevamente la frase de la pared: «Las historias también pueden abrir una salida». En el pasillo, mientras bajaba las escaleras, pensó en la pregunta con la que habían comenzado: cómo quería llamarse dentro de aquella historia. Agli. Por primera vez aquello no le pareció un detalle pequeño. Durante buena parte de su vida se había acostumbrado a acomodarse a lo que resultara más sencillo para los demás; esa tarde, en cambio, había elegido algo por sí misma y nadie le había pedido que lo justificara.
Al llegar a la calle, el ruido de Lima la recibió de golpe. Una combi tocó la bocina, un vendedor gritó una oferta y la gente caminaba deprisa, cada uno cargando su propia urgencia. Agli apretó la cartera contra el cuerpo y avanzó hacia la esquina. Todavía no sabía qué haría con tantos recuerdos ni cuánto de aquella niña terminaría apareciendo en las páginas que vendrían después. Sabía apenas que había comenzado. Cuando pensó «Agli», el nombre tuvo exactamente el espacio que necesitaba.
